Cuando dos alumnos creciditos me preguntan qué pienso respecto al último consejo que ha dado la Unión Europea (con más buena intención que acertado tono, en mi opinión), observando en sus pupilas la inquietud del que espera una respuesta de alivio, sin importarle ser sincera o no, me doy cuenta de que de entrada debe primar el: Que no cunda el pánico.
Es fácil pensar, siendo joven todavía más, que al ser yo escritor, además de su profesor, puedo avanzarles lo que está por llegar. Pero lamentablemente los que nos dedicamos al arte de imaginar no somos expertos, o al menos yo no lo soy, en el de entrever el devenir sobre una bola de cristal.
Así que, observando en sus tonos y miradas una zozobra similar al del instante en el que les entrego un examen de leyes, de largos codos y tesón, decidí adentrarme en un laberinto peligroso, tirando migas de pan.
Y les expliqué, ahora sí como escritor, un pequeño cuento de tinte infantil, que ahora comparto contigo animándote a hacerlo tú también si te encuentras en una tesitura similar o peor.
El cuento
Había una vez un niño llamado Mundus, que cursaba cuarto curso de primaria en el colegio de una ciudad que, otrora importante, había dejado de confiar en ella hasta el punto de no creer poder volverlo a ser, a pesar de su potencial interior.
Mundus, tan ingenuo como adormecido y bonachón, recibía día tras día las más sonoras collejas y despectivos insultos de sus compañeros de clase, con el beneplácito silencio de su querido maestro y tutor, portador del estandarte: ¡Ya te espabilarás, chaval!
Mundus era pequeño, escuálido, débil hasta el punto de temer salir volando si la brisa se tornaba viento en un santiamén. Pero también era culto y avispado, eclipsando sus talentos por el temor que apresaba su mundo escolar.
— ¿Se puede saber qué te ha pasado hoy? — le pregunta la madre al verlo llegar del colegio.
— Lo de cada día mamá. Simplemente he comentado en clase de historia que la abuela utiliza un detergente que se llama como el hombre que descubrió América y todos se han reído de mí.
— ¿Y el labio hinchado, hijo?
— En el patio, los matones de siempre me han pegado porque no les ha hecho gracia el chiste. Pero yo no quería decir ningún chiste, mamá, solo hacer un comentario y nada más.
A distancia, la paciencia de los cuatro abuelos, que observan y callan desde hace tiempo, llega a la meta final. Susurran entre ellos la solución que minutos después aconsejan a los padres de la criatura, sin ofrecerles un plan b o diferente solución. Mamá y papá, de inicio, no ven nada claro la solución propuesta pero confían en las decenas de experiencia de sus ascendientes, decidiendo convertir el consejo en realidad.
A Mundus, tener que apuntarse a un gimnasio con la intención de sujetar, con sus escasas fuerzas, unas pesadas mancuernas para alzarlas y bajarlas una y otra vez sin más, le pareció un insulto a su intelectualidad, además de una propuesta descabellada viendo lo poco generosa que había sido su genética muscular. Así que a los padres les contestó que no, pero a los abuelos respondió que sí, para no hacerlos enfadar.
El sacrificio, de inicio fue duro para todos. Eso que llaman la zona de confort saltó por los aires para mamá y papá al tener que llevar al hijo a un gimnasio a muchos kilómetros de su ciudad, donde nadie conociera a Mundus ni a su leyenda colegial. Y lo peor de todo fue ver que, durante las primeras semanas, el sacrificio parecía totalmente baldío, calificando la anciana propuesta de auténtica absurdidad al continuar llegando el pequeño con el ojo amoratado o el labio a punto de estallar.
Pero los abuelos no dejaron de confiar y los padres, obligados a hacer lo que jamás habían deseado realizar, no tuvieron más remedio que persistir. A los pocos meses, un pequeño cambió esperanzador empezó a hacer más llevadero el esfuerzo familiar. Los alambres se tornaron ramas, escuálidas aún, pero firmes como las de una acacia o un cebil. Y meses después, las ramas, junto al aliento del reflejo de un espejo constante y trabajador, se tornaron de acero, hierro, metal.
Sin prisa pero sin pausa, y sin que nadie notará el cambio y todos fueran muy conscientes de él por igual, Mundus advirtió que las collejas se tornaban sonrisas, cuando no aplausos inimaginables tiempo atrás, y las amenaza de hacerle una cara nueva, a mero antojo de cualquier bravucón, se transformó en un: » ¿Quedamos para el intercambio de cromos de la nueva colección?»
Su intelectualidad, viendo el resultado final, llegó a perdonarlo a regañadientes consciente de que de no haber sido así no habría dispuesto de la tranquilidad que requería mostrar todo su potencial.
Fin
Y una cosa más, alejándome del cuento de un Mundus en paz.
No me preocupa del todo que un líder mundial, o dos, o tres o “una jartacá” intenten llevar a cabo lo que consideren mejor para sus ciudadanos, porque además de normal debería ser así de partir de la buena fe. Me preocupa más que la propia ciudadanía no sea capaz de reaccionar haciéndole ver el error, o lo poco acertada, que puede llegar a ser su voluntad.
Y tú, ¿qué piensas?