En la prensa de hoy
La mediación, como el arbitraje y la conciliación son alternativas a la resolución de conflictos por vía judicial, dando algo de aire a los inagotables procesos que inundan nuestros juzgados, llevando a la extenuación del personal que trabaja en ellos, y a la dilación de la justicia más allá del espíritu de las leyes que la regulan. De ello les hablo a mis alumnos de Derecho, intentando fomentar estas vías de justicia alternativa y voluntaria, como futuros profesionales de la abogacía.
Y escribo este artículo, porque acabo de leer en un diario un anuncio sobre la Mediación. Y me ha parecido fantástico. Genial que se fomente tal instrumento de concordia para, según el mismo anuncio: la resolución de conflictos entre vecinos, personas y empresas. Pero, ¿para nada más? Me he preguntado. ¿No debería servir también para que los políticos se pusieran de acuerdo en temas como: la seguridad, la economía, las políticas sociales, las…, en definitiva, los pilares que sustentan nuestro país? No claro, para sus ofuscados estrategas de tres al cuarto, eso no daría votos. Lo que sí da ( dando muestras de su total equivocación e incompetencia) es fomentar la crispación, hasta límites peligrosos, en aras a la caza desesperada del voto cabreado.
La sociedad actual, y es mi opinión, estoy convencido de que valoraría más ese entendimiento y lo celebraría, sin verlo en ningún momento como un símbolo de debilidad ni bajo el simple reduccionismo de vencedores y vencidos sino como la contienda democrática e intelectual de personas abocadas en aunar esfuerzos en beneficio de todos.
De hecho, si esa mediación y concordia se instalara entre nuestros representantes, además de demostrar estar al nivel madurativo de la sociedad ( quien no cede a veces ante opiniones de otros colaboradores en el seno de la empresa, o en la propia familia, ¿verdad?) conseguirían que el concepto vencedor/vencido cediera el paso al binomio beneficio/sociedad.
Llegados aquí, y mirando recientes huellas pretéritas, me pregunto qué papel ocuparíamos en el contexto europeo de haber sido capaces de tener políticos dispuestos a sumar iniciativas y propuestas, en vez de abocar tanta energía en perjudicar al oponente con ojos ciegos y oídos sordos. Y no propongo, ni lo intento, un viaje a la alternancia artificial como la llevada a cabo en nuestra reciente historia por Cánovas y Sagasta. No, no se trata de eso. Se trata de entender que la ciudadanía no es tan lerda como algunos políticos creen, hasta el punto de pensar que compramos la máxima de que todo lo que provenga de A es perjudicial por provenir de A, y lo de B un total acierto por el mismo simple argumento.
Se trata de demostrar la valentía que requiere reconocer el acierto ajeno de hoy, trabajando para el reconocimiento del otro el día de mañana. De eso se trata.
En la radio de hoy
Esta mañana escuchaba que, por parte de algunos políticos de alto rango, se vuelve a poner en primera línea de fuego el tema del Procés en Catalunya, sin otra intención que la de fomentar la crispación social en aras a un posible beneficio electoral futuro.
Craso error, en mi opinión. Catalunya ha votado y los resultados, objetivamente analizados, son lo que son en este momento de nuestra historia. Y en mi análisis particular no tengo en cuenta mis propias preferencias, ni la Ley d’Hondt, que conlleva que un voto de una persona residente en Barcelona tenga menos valor que el de un votante de Girona o Lleida. En mi análisis, me esfuerzo en observar objetivamente los votos obtenidos por cada partido en total, y no en la representación parlamentaria que conlleva la distribución de los mismos, según la ley antes citada.
Aporto el efecto de la distribución que conlleva el aplicar la Ley d’Hondt, en relación a los votos obtenidos, aprovechando para manifestar mi preferencia de abolir esta ley y aprobar una tan simple y objetiva como la de: una persona/un voto, otorgando el mismo valor a cada uno de ellos, sin premiar o perjudicar el área geográfica del que provenga.
Y de esta particular lectura concluyo que Catalunya, como ente abstracto, es permeable, analítica, estratega, inteligente; a buen seguro más que la media de almas que le damos vida día tras día. Y a ella, como tal, y a mí como su siervo escritor en este momento, me, nos, parece enriquecedor que siga habiendo personas en Catalunya que deseen la independencia ( en estos comicios: 1.348.183 catalanes), como fantástico lo es que haya personas que aboguen por lo contrario ( en estas elecciones: 1.645.892 catalanes). Y fantástico también, que algunos de sus ciudadanos, como parece ser, se deslicen de una postura a otra y de otras a una, fruto de su reflexión y no de ser víctimas de estrategias manipuladoras.
Hecho en falta, y lo comento al estar rodeado de jóvenes, el análisis de los votos en función de la edad, para poder intuir una cierta tendencia futura. E intuyo, valga la redundancia, que de hacerlo, más de uno se iba a quedar con la boca abierta.
Así que, volviendo, estrategas alienígenas de allende y poca monta, déjennos vivir tranquilos y aboquen sus energías en reconocer que durante la campaña electoral catalana se ha podido escuchar la defensa de una pluralidad de ideas, sin insultos ni menosprecios a los rivales. Ese debe ser el ejemplo a seguir, como lo es en otras partes, pero no en todas lamentablemente. De lo contrario, estaremos fomentando una crispación perjudicial, como ya se está viendo en algunos parlamentos de algunos países de la Unión Europea.
Tengo la sensación de que actualmente a nivel global hay mucho incompetente sentado en su poltrona gracias a los votos de personas que han confiados en ellos sin leer incluso sus programas electorales. Tal vez lo han hecho embaucadas porque era lo que desde siempre ha votado la familia, o por lo guapa o atractivo que parece el candidato de la foto ( de ahí tanto análisis postural, ¿verdad?).
Tengo la sensación de que hay demasiadas primeras espadas que no deberían dedicarse a la política hasta aceptar la frustración de la derrota y tener la humildad que requiere reconocer que la verdad suprema no vive y duerme solo contigo, alimentada exclusivamente por tus magnánimas ideas.
Tengo la sensación de que la mediocridad de los políticos actuales, en un contexto mundial me refiero, está por debajo del grado de madurez de la sociedad que dirigen. Y para que ese grado de madurez social no decaiga hasta ponernos a su nivel, necesitamos tener la humildad y valentía de ser capaces de leer el diario que no nos dice lo bonitos que somos, o de ver el canal televisivo que no nos ríe todas las gracias. Abrirnos de mente para tener una visión plural y poliédrica, que además de ser aconsejable para comprobar la fortaleza de nuestras convicciones, nos permita descubrir que no todo en política se centra en los códigos binarios: 0,1. Por algo se inventaron los decimales.
Regreso a mi tierra
En Catalunya, personalmente, no deseo que una y otra vez y desde fuera de nuestras lindes, se vuelva a remover el tema del Procés, ni de la Amnistía, ni del Referéndum, ni de la Independencia, con la única intención maquiavélica de perjudicarnos. En Catalunya sabemos resolver nuestras diferencias, y sobre todo, queremos vivir tranquilos y no ser parte del laboratorio de estrategias ajenas que solo pretenden crispar nuestra sociedad, para obtener cuatro votos de más a cualquier precio, importándoles poco más que una mierda Catalunya y los catalanes.
Así que no experimenten más con nosotros y tengan un respeto por nuestra pluralidad ideológica, porque hay algo que no van a conseguir: que independentistas, o no; constitucionalistas, o no; republicanos, o no, nos levantemos cada día con la intención de hacer una Catalunya más próspera y fuerte para todos. Y eso, se entienda o no, también beneficia a España.
Catalunya es una tierra de acogida ( y al índice de inmigración estatal me remito). Yo mismo me siento orgulloso de haber nacido en una tierra que dio esperanza a las familias de las que provengo. Dos familias, paterna y materna, que un buen día, sin renegar de sus orígenes, decidieron abandonar sus pueblos en busca de una vida con más posibilidades económicas.
Catalunya es una tierra de paz y de concordia, donde, aunque durante años de puertas a fuera se ha pretendido vender lo contrario, somos capaces de compartir mesa independentistas, nacionalistas, europeístas, o pericos, culés y ahora gironins, sin tirarnos los platos a la cabeza, mal que le pese a algunos.
Una tierra donde, quien os escribe, puede hacerlo en castellano ( como la lengua utilizada en mis tres primeras novelas) o en catalán ( como en mi primera obra dramaturga) sin tener que pedir permiso ni perdón a nadie, ni nadie esperar que lo haga.
Y una tierra donde asumimos las derrotas. Lo hizo en su momento Inés Arrimada, a pesar de haber llegado a ser la ganadora de unas elecciones autonómicas; lo hizo en su momento Artur Mas en dos ocasiones, a pesar de haber ganado los comicios autonómicos yendo a la oposición sin cuestionar la legalidad ni legitimidad del pacto tripartito que le privó de probar las mieles de la victoria; y lo ha hecho ahora Pere Aragonés, demostrando un grado de madurez político que debería ser digno de mención y ejemplo.
Así que a todos aquellos qué intentan lastimar Catalunya ( perjudicando con su ceguera, y mucho, a la propia España) no nos utilicen para sus experimentos maquiavélicos, en beneficio propio. Eso no les va a servir. No aquí, desde luego.
En vez de esa errónea estrategia, valoren y aprendan el grado de respeto de nuestros debates electorales, de la asunción de las responsabilidades políticas de nuestros dirigentes, y de la convivencia y madurez de una sociedad, que más allá de sus postulados políticos, se siente orgullosa de ser catalana.
¿ Y tú, qué piensas?